A mediados del siglo XIX, Northville era una comunidad agrícola aislada, limitada por la falta de infraestructuras de transporte. La llegada del ferrocarril en 1867, financiada con recursos estatales y locales, permitió la apertura de mercados y atrajo a inversores privados, sentando las bases para un crecimiento demográfico sostenido y la necesidad de servicios públicos más complejos.
Durante la primera mitad del siglo XX, los fondos federales del New Deal y la posguerra impulsaron proyectos de agua potable, electrificación y escuelas públicas en Northville. Estas inversiones consolidaron la transición de una economía basada en la agricultura a una más diversificada, con industrias manufactureras y de servicios que requerían infraestructuras modernas para competir regionalmente.